Hoy es 23 de julio de 2025. Escribo para recordar lo que pasó el sábado pasado, hace casi una semana, cuando Emmita y yo nos quedamos solos en casa. Gloria, su mamá, se había ido a una fiesta, y mi único plan era pasar un buen rato con mi hija y evitar que nos aburriéramos.
Todo comenzó cuando decidimos probar una bicicleta de 20 pulgadas. La suya, de 16 pulgadas, ya le queda pequeña y no puedo subirle más el sillín. Aunque meses atrás no había querido saber nada de la bici grande, ese día se armó de valor. Sin embargo, como no alcanzaba a tocar el suelo con ambos pies, se sentía insegura. Yo sabía que era una prueba para ella, pero también sabía que podía superarla. Esta bicicleta, por cierto, la habíamos recogido de la calle porque la iban a tirar; por suerte, no necesitaba mucho mantenimiento.
Empezó a pedalear en la pequeña pendiente que hay al salir de casa y se dio cuenta de que sí podía. —¡Papá, vamos a esa tienda a comprar cosas para el bebé! —dijo con entusiasmo. Pero en el camino, algunas subidas se le complicaron. Con su bici pequeña las habría superado sin problema, pero aún no dominaba los cambios de marcha de la grande. Cruzamos el puente caminando y, una vez en terreno plano, empezó a entender cómo funcionaban. Aún así, frenar y bajarse de la bicicleta seguía siendo una odisea peligrosa para ella. Me di cuenta de que si íbamos a recorrer 7 km de ida y otros 7 de vuelta, y quizás con un mueble en el remolque, no era una buena idea continuar así.
Busqué una excusa.
—Emma, volvamos a casa para quitar ese pedal que roza con la llanta. —¡No, papá, yo puedo llegar así! —insistió al principio. Pero pronto se dio cuenta de que sí le molestaba y le restaba energía. Regresamos. Eran las 11 de la mañana y habíamos salido a las 10. Mientras yo quitaba el pedal, aprovechamos para comer gelatina y tomar agua. Por un momento casi nos rendimos y pensamos en quedarnos en casa. Pero entonces caí en la cuenta de que tenía todo el día para estar con mi hija, incluso almorzaríamos juntos. Quedarse en casa no era una opción. Sería una gran lección para ella aprender a recorrer 14 kilómetros en un día.
El problema era que, ya sin el pedal problemático, no se animaba a seguir con la bici grande.
—Papá, vamos en la pequeña —pidió.
—¿Segura, Emma? Ya sabes usar los cambios y todo… Afortunadamente, no insistí y la dejé ir con su bicicleta pequeña.
Emprendimos el viaje de nuevo. Esta vez, subió el puente pedaleando. Durante el trayecto la ayudaba empujándola suavemente por la espalda en los momentos difíciles. Cuando venía alguien de frente, le daba instrucciones en mi alemán A1: —Bleib auf der rechten Seite! (¡Quédate en tu derecha!).
Parece que me hace más caso con instrucciones en alemán. Llegamos a un punto donde el carril para bicicletas parecía desaparecer, convirtiéndose en una carretera solo para coches. Por un momento dudé.
—Quizás debamos volver, Emma. Puede ser complicado. Pero justo en ese instante, vimos a otros ciclistas venir en sentido contrario y ni un solo coche. Me llené de valor y dije:
—¡No nos rendimos tan fácilmente! Vamos, Emma, pegadita a la derecha. Avanzamos y descubrimos que esa vía ancha, en realidad, se había convertido en un carril exclusivo para bicicletas.
Más adelante, el mapa nos guio por un camino de tierra que, a lo lejos, no parecía tener salida. Decidí ignorarlo y seguir por el asfalto para girar más adelante. Así, llegamos sin problemas a nuestro destino: una tienda de muebles gigante. La entrada, llena de rotondas y tráfico de coches apurados, no era muy amigable para los ciclistas, pero Emma manejó la situación perfectamente, manteniéndose a la derecha. Para nuestra sorpresa, al lado de la tienda de muebles había otra, ¡dedicada exclusivamente a bicicletas!
Entramos primero a la tienda de bicis. Emma llevaba 10 euros que había ahorrado en su hucha y se compró dos helados de hielo. Mientras ella los disfrutaba, yo aproveché para comprar el pedal que le faltaba a su bicicleta de 20 pulgadas. Después, nos fuimos a la tienda de muebles. Qué ingenuos fuimos pensando en comprar una cómoda y traerla en el remolque. No encontramos ninguna, pero sí almorzamos allí: un schnitzel para Emma y una Bratwurst para mí. Ella, al ver que yo solo tenía una salchicha, compartió sus patatas fritas conmigo.


Después de comer, Emma descubrió un Kinderland, una zona de juegos donde puedes dejar a los niños mientras compras. La dejé allí un rato y, al volver, ya estaba jugando y despidiéndose de nuevas amigas. El calor apretaba, el termómetro marcaba 29°C.
—Emma, hace mucho calor. ¿Cómo vamos a volver? —le pregunté.
—Estamos lejos, ¿verdad, papá? —respondió.
—Sí, pero no podemos quedarnos a dormir aquí —le dije sonriendo.
Nos preparamos para el regreso. Emma empezó el viaje de vuelta ya cansada. De nuevo, Google nos metió por aquel camino de tierra sin salida, en medio de un sembradío por donde solo podían pasar tractores. Mientras pedaleaba con dificultad por la tierra, el cansancio la venció y soltó un sentido: «¡QUIERO A MI MAMÁ!».
Me acerqué a ella.
—¿Qué pasó, bebé? Podemos hacerlo, ya casi llegamos. Yo te ayudo a empujar.
—Ok —dijo, más tranquila.
Dimos la vuelta y volvimos a la ruta. Subimos de nuevo aquel puente exclusivo para bicicletas y nos detuvimos un momento a descansar.

El resto del camino de vuelta fue más tranquilo. Para motivarla, jugábamos a alcanzar a otros ciclistas.
—¡Vamos, Emma, a por esa señora! —le decía mientras la empujaba para darle impulso.
Ella, con la energía que le quedaba, pedaleaba con todas sus fuerzas. Aunque no siempre los alcanzábamos, nos quedábamos muy cerca. Para protegernos del sol, nos pusimos las gorras debajo de los cascos.

Llegamos a casa pasadas las cinco de la tarde. Poco después, llegó mamá. Estoy seguro de que esa noche, Emma durmió profundamente y muy tranquila.
Logros de Emma ese día:
- Se atrevió a manejar una bicicleta más grande.
- Aprendió a usar los cambios de marcha.
- Recorrió 14 kilómetros en un día caluroso.
- Lo hizo todo sin una sola lágrima, solo con un «quiero a mi mamá», una frase que me recuerda a la bebé de 3 años que era y que, con 6, a veces todavía asoma.
Seguramente, en las próximas semanas se acostumbrará a su bicicleta de 20 pulgadas y será aún más independiente. Aunque, por ahora, ella todavía cree que la pequeña es mejor.
Escribo esto porque algún día podría tener Alzheimer, y así podré recordar lo que hemos vivido.
Renato, Travesias de una vida corta